Un argentino en Suecia: “El vino que elijo tomar”

Hugo Hammar, un argentino en Suecia

Por Néstor Leuchenco


Es nórdico y a la vez sudamericano. Extraña la Argentina, pero no quiere volver. Hábitos de consumo, costumbres y reclamos de un hombre de clase media sueca.

Hace 44 años que Hugo Hammar cruzó los 12.500 kilómetros que separan Río Grande, en Tierra del Fuego, de la ciudad sueca de Upplands Vasby. Un puente metafórico, y a la vez concreto, que lo puso en contacto con una calidad de vida hasta entonces desconocida para él. “De operador de la filial de Radio Nacional

–recuerda– pasé a ser técnico calificado de la fábrica Volvo de motores de aviación”. Sin embargo, detrás de toda ganancia a veces hay algo que se pierde.


Hugo lo sabe. Hoy goza de una de las jubilaciones más altas y de uno de los costos de vida más bajos de Europa, lo que le permite darse sus lujos: “Comprar buen vino argentino, por ejemplo”. Aunque la gran paradoja es que no le sea tan fácil acceder a ese buen vino argentino. Hay una explicación, sin embargo. Debido al alto nivel de alcoholismo en la sociedad sueca, el gobierno ha decidido controlar y limitar la venta de las bebidas alcohólicas: mediante las tiendas Systembolaget, verdadero monopolio estatal para surtirse de licores, cervezas y vinos; e impidiendo su publicidad en medios gráficos, audiovisuales y vía pública, lo que no deja de ser un escollo para enterarse no sólo de las novedades vitivinícolas de la Argentina,

sino del mundo.


“El problema de todo esto –confiesa Hugo- es que no se puede elegir libremente dónde comprar vinos. Muchos suecos deciden utilizar el puente de Oresund para viajar a Dinamarca, o cruzar en ferry hacia Estonia, para retornar cargados de todas las botellas de alta graduación alcohólica (a precios más bajos) que quieran”.


A Hugo, claro, tampoco lo convence tener que resignarse a la oferta de etiquetas argentinas exhibidas en los Systembolaget. También le gustaría no tener que ceñirse al rango de precios de los de esa cadena: desde los 9 dólares por un Callia Alta Shiraz Malbec, pasando por los 32 dólares por un Alfa Cruz Corte Uco, hasta los 163 dólares por un Noemia de una bodega patagónica.


Mientras hoy cruza los puentecitos en las afueras de Upplands Vasby, su ciudad a sólo 24 minutos de Estocolmo, dando rienda suelta a su hobby de fotografiar bosques de abedules y alisos, ardillas, setas y torrentes, Hugo comenta no sin resignación: “A pesar de que Estocolmo es una ciudad muy cosmopolita y multicultural, no existen muchos restaurantes argentinos ni manera de que los suecos puedan asociar las bondades de nuestra cocina y alimentos con las de nuestros vinos. Quiero decir que hoy, en el fondo, los agentes más efectivos para validar y amplificar en este país la calidad de nuestros vinos somos nosotros, los argentinos afincados en Suecia. Y eso lo hacemos como podemos, en la más absoluta intimidad de nuestras reuniones cotidianas con hijos, amigos o compañeros de trabajo”.


Vino y vida cotidiana


¿Pero cuáles son las ocasiones de compra y consumo de vino de Hugo Hammar? Por fuera de los estudios de mercado de la embajada argentina en Suecia y de los informes anuales de los Systembolaget, Hugo nos revela cuáles son sus usos y costumbres particulares.


Cuando él sale en compañía de amigos sólo bebe cerveza. Para su hogar, en cambio, donde ahora vive solo, se reserva la compra por semana de una botella de vino tinto para el almuerzo y de una botella de blanco para la cena. “Sólo para las fiestas de fin de año –concede– o en reuniones familiares, recurro a un bag in box.

De mis cuatro hijos, dos toman vinos argentinos, y el marido de mi hija Lisa hace diez años que los compra desde que los conoció en mi casa”.


Espesas sopas nórdicas a base de verduras, legumbres y leche de coco, platos fríos y calientes que incluyen quesos fuertes y arenques o salmón, más el tradicional pastel Janssons frestelse (“tentación de Jansson”) hecho con papas y anchoas, son siempre acompañados por Hugo con vino de su país. Pero ante la pregunta de por qué nunca un menú con empanadas salteñas o asado, Hugo recuperará por unos segundos la picardía criolla: “¡Ah! ¡La tradición acá es el vino, no la comida!”.


Pero ahora, en junio de 2020, otro puente viene a cruzarse ante los ojos de Hugo Hammar. Que no viene a unir Río Grande con Estocolmo, ni tampoco es uno de los que se hallan en los alredores de la pequeña ciudad donde él vive. Se trata de una obra colosal, mitad puente y mitad túnel submarino, que comenzó a construirse

en mayo de 2020 y unirá Suecia con China en versión aggiornada de la famosa “Ruta de la seda”.


A ojos de los entendidos, una verdadera obra maestra de la ingeniería del siglo XXI. Para Hugo Hammar, una oportunidad para bodegueros argentinos: “Claro que crecerá el intercambio comercial entre los dos países. Pero sobre todo aumentarán exponencialmente los turistas chinos en territorio sueco. Y no habría que recibirlos con vino de arroz –que ya harto conocen- sino con vino… argentino”. Entonces Hugo se permite hacer un guiño cómplice, mientras brinda por el futuro con un malbec del valle de Uco.

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